jueves, 18 de diciembre de 2014

No se repara lo que se rompe.

No se hace daño a quien se quiere. Esto debería haberlo pensado hace tiempo y aún sabiendo que es algo evidente, lo he hecho.
Te quiero. Has sido y eres la persona más importante de mi vida, pero como pasa con muchas cosas, lo olvidé. Olvidé que estabas a mi lado. Olvidé que me querías. Olvidé que éramos todo juntos. Olvidé cómo te quería. Y me marché.
Me acostumbré a que siempre estabas a mi lado, a que me quisieras sin dar nada a cambio. Me acostumbré a que fueras tú conmigo y no tú y yo. Me acostumbré a que no te sintieras querida. Y me marché.
Eres tú la que me da la vida, y no lo he sabido ver. He perdido mucho tiempo intentando ser alguien que no soy, tan lejos de ti, estando tan cerca. Te he tenido a mi lado y he mirado hacia otro lado. He buscado lo que no encontraré jamás, porque ya lo tenía, y ahora lo he perdido.
Mi vida no tiene sentido si no es contigo. Mi vida no es mía, sino tuya. Y yo quiero compartir la tuya conmigo. Quiero hacerte reír, hacerte soñar, hacerte sentir, que tus ojos brillen, con lágrimas de alegría y no de tristeza o pena.
Cuando dices muchas mentiras, es muy difícil que te crean cuando dices la verdad. No soy la mitad de bueno que todo el mundo piensa, ni el doble de malo que parece. He cometido el error más grande al olvidarme de ti y mentirte para mentirme a mi mismo.
Mi única verdad es que te quiero, que eres la persona que querría ver hasta el último día de mi vida. Quiero estar a tu lado y no separarme de ti nunca más. Y ya puede que sea tarde.
No se repara lo que se rompe. Pero tengo imperdibles para intentarlo.



martes, 3 de junio de 2014

Pequeñas metas

Cierro los ojos. Escribo esto sin mirar. Es una de las pocas cosas que puedo presumir. Escribir sin mirar al teclado. Me acuerdo de mi profesor de mecanografía, haciéndonos copiar pasajes de su "libro" de castillos de Extremadura. Qué tostón de párrafos, llenos de descripciones repetitivas de esas fortalezas, páramos y demás paisajes del oeste peninsular. Nunca fui el más rápido de la clase, apenas alcancé las 200/250 pulsaciones por minuto, pero me siento orgulloso de poder escribir, mecanográficamente hablando, mejor que muchos funcionarios u otra gente ejerciendo trabajos de atención al público.
Y es raro. Que yo me sienta orgulloso de algo que sepa hacer, se da muy pocas veces. Más bien, nunca. No me considero mejor en nada. Soy uno más del montón, de los que hacen las cosas sin destacar del resto. Del pelotón, vaya. En esa vuelta ciclista en la que siempre hay uno o más que se escapan del pelotón y pelea por llegar primero a la meta. Los hay expertos en montaña, en contrarreloj y en los "sprint" final. Yo he corrido varias veces la famosa carrera de El Corte Inglés de Barcelona, entre otras, y me siento orgulloso de hacerla. Ya sé que apenas son 10 kilómetros y es un paseo, pero yo me entiendo. Yo sigo, o intento seguir junto al gordo de corredores, viendo cómo se escapan unos y se quedan atrás otros. Pero llegar a la meta, no tiene descripción posible. 

Portada del 6 de junio de 1994, ahí estoy yo, sólo con 109.456 personas más.
En mi vida, he intentado ser muchas cosas. De pequeño, me gustaba el piano y quise aprender a tocarlo, así que mis padres me apuntaron a un conservatorio. No hice más que el primer curso y no lo aproveché. Más tarde, con la adolescencia, me propuse tocar la guitarra. Algo mejor se me dio, pero nunca he conseguido saber tocarla como me gustaría. Pasé de tocar el porompompom de Manolo Escobar o Cadillac solitario de Loquillo con una guitarra española, a canciones de Nirvana, Platero, Los Suaves, Reincidentes o Extremoduro con eléctrica y distorsión. Mucha distorsión. Se quedó ahí. Con mi grupo, Kon 2 kojones (k2k), que aunque nos lo pasamos bien, nunca llegamos a tomárnoslo en serio. No hicimos honor al nombre.

Quizás me cueste llegar a la meta, pero estoy en ello. 

Cierro los ojos. Escribo esto sin mirar.


jueves, 29 de mayo de 2014

A muerte o vida

Hace mucho tiempo se cruzaron en mi vida dos personas. Aparecieron en diferentes momentos, pero que cambiaron lo que soy ahora, o mejor dicho, modificaron mi vida. 

La primera de estas personas, la llamaremos JM, fue la que me cambió mi forma de existir tal y como yo la conocía hasta ese momento. Poco puedo recordar de cómo era yo, pues lo conocí a los tres años de edad, pero no sería hasta los seis o siete, cuando de verdad hizo que le recordara (y a la vez, le olvidara) a él, para siempre. Por su tozudez y exceso de soberbia, no fue capaz de ver que aquello le superaba y cuando ya lo hizo, fue tarde. Entonces fue cuando otra persona, tuvo que actuar de manera drástica y como último recurso. Algo que se podría haber evitado si hubiera abierto los ojos y la mente para ver con claridad.

Esa otra persona fue un puente-conexión hacia otra, que llamaremos WD, que hizo que hoy pueda estar escribiendo esto aquí. Con apenas ocho años, hizo por mí, lo que no se atrevió nadie en ese momento. Mi vida estaba en sus manos, y aquí estoy. Es difícil de expresar el agradecimiento que tengo hacia él. A lo mejor, él no quería más agradecimiento, por ser su trabajo, o quizá ya se veía recompensado viendo a sus pacientes volviendo a sus vidas. No todos pueden decir eso. 

Los dos cambiaron mi vida, para bien o para mal. Me quedo con que sería una persona totalmente distinta. Mis valores cambiaron, seguramente por eso. Han pasado muchos años, y no soy persona de rencores. Aunque para mí es muy difícil aceptar como dos personas pueden ser recompensadas de distinta forma.

JM me operó unas tres veces sin éxito y dejó pasar el tiempo, algo que es muy importante en estos casos. Disfruta de su jubilación en Mallorca y publica a diario en su página de Facebook, y otras redes sociales. Es muy respetado por su método de sonrisas el trato hospitalario. 

WD me salvó de un tumor maligno en la base de cráneo, con intervenciones de 11 y 14 horas seguidas. Alemán, aficionado a la fotografía y a los viajes. Número uno mundial en su especialidad. Murió hace casi tres años de cáncer. 

Allí donde esté, gracias doctor Draf.

miércoles, 21 de mayo de 2014

El trapecio

Hoy he soñado que había un señor colgado desde una especie de trapecio debajo de un avión. Iba sin arnés, ni nada que lo sujetara, solamente sus manos y de vez en cuando, cambiaba la postura y se ponía boca abajo sujetado por la propia flexión de sus piernas. Sobrevolaba la ciudad, por encima de los edificios y las calles sin que nadie se percatara de su presencia. 
Lo mejor de todo es que ese señor, al cual yo parecía conocer de toda la vida, era Dustin Hoffman. Nunca me ha parecido un actor que me gustara especialmente. Quizás la película que más me ha gustado de él, por el personaje, sea Rainman (la típica película por la que le recordarán siempre, aunque tenga otras mejores). Sea como fuera, ahora empiezo a pensar, que quizás el personaje de Rainman, debe tener algo asociado conmigo. No, no soy autista ni tengo una capacidad asombrosa para recordar números del listín de teléfonos, ni contar palillos en el suelo. Simplemente, que el hombre tiene una discapacidad con la que le ha tocado vivir. A lo mejor él no es consciente de que sea una discapacidad. No, hasta que se lo recuerdan. Y a mí, la vida, me lo recuerda a diario. Aunque me olvide todos los días.

martes, 20 de mayo de 2014

No cambio

Cuando me levanto por la mañana, me doy cuenta, que soy el mismo de ayer. No he cambiado desde anoche. Los sueños te transportan a mundos lejanos irreales, que te hacen sentir y ver cosas, pero sólo son eso, sueños (o pesadillas, según se mire). Por la mañana sigues siendo tú. Si me atreviera a vivir la vida sin pensar en mí, probablemente no sería mi vida. Sería la vida de otro. Para bien o para mal, soy así. No me atrevo a decir las cosas cuando se tienen que decir.Y para cuando las digo ya es tarde. Me ha pasado siempre y siempre me pasará. Soy bueno, o demasiado bueno. O malo, o demasiado malo. Quiero cambiar, o por lo menos creer que he cambiado algo. Me maldigo una y mil veces por no hacer nada. Y me enfado. Me enfado porque no me puedo enfadar. Porque no puedo estar enfadado, no es mi estado natural, o no lo era hasta hace un tiempo. Y me enfado. Aparto a los que me rodean con mi indiferencia y mi poca sangre.
Siempre he querido ser como los demás. Y cuánto más lo intento, más me distancio de los "normales". Porque yo no seré normal, pero no soy diferente. O, tal vez sí. Debo ser diferente al resto, por querer ser normal.